Los invito a que hagan un pequeño experimento: imaginen un científico. Seguramente las primeras imágenes que aparecerán en sus cabezas son las del arquetipo hollywoodense que va desde el científico loco (El profesor chiflado, Frankenstein) hasta el malvado (Metrópolis) o el investigador nato (La mosca). Se trata de seres con infaltable guardapolvo blanco, moscas en la cabeza, anteojos gruesos y, si es posible, un ligero acento alemán. Ah, y si son buenos, al final se quedan con la chica. Si saltamos unos años, los científicos pasaron a la tele, para compartir nuestro living y nuestras cenas: los forenses de CSI, el genio de Dr. House, los nerds de "Big Bang Theory". Pero, más allá de las zapatillas, los chupetines o los chistes, el prototipo es el mismo:  infalible, en general masculino, certero, de lógica implacable y autoridad cegadora.
Tal vez algunos próceres de la ciencia verían con cierto agrado algunos rasgos de esta imagen inmaculada (basta buscar en los consejos de Cajal o el decálogo de nuestro premio Nobel Houssay). Pero lo cierto es que no funciona como ejemplo ni como reflejo fidedigno de qué, quién, por qué o dónde se es un científico que investiga, produce, inventa, patenta, come, crea empresas, da clases, tiene una familia, se ríe, se desespera, cobra un sueldo.
Si esta imagen irreal es la que llega a nuestros jóvenes, a la hora de elegir el futuro la olerán con desconfianza, entre la fantasía de Hollywood y los prejuicios infundados de que los científicos son esos que (si consiguen trabajo) hacen lo que quieren pero no llegan a fin de mes. La vacuna es sencilla: mostremos de qué se trata la ciencia, apoyemos y encaucemos las preguntas y los experimentos en el aula y, sobre todo, acerquemos a los científicos - los verdaderos científicos- a la escuela, para que cuenten, debatan, discutan, maravillen, desmitifiquen. Hay estudios que indican que la inclinación por las ciencias se consolida hacia el final de la escuela primaria: ¡la cantidad de vocaciones que estamos perdiendo en el camino! Hace poco en Francia se compararon los dibujos de científicos hechos por chicos antes y después de una visita a un centro de investigación: en el camino se habían perdido las moscas, los pelos raros, los cromosomas y...  habían aparecido otras fascinaciones, cercanías, complicidades. Y más de uno habrá pensado por primera vez "yo quiero ser como ellos". De eso se trata.